Caminó por tierras áridas y húmedas, mojó sus pies en ríos, mares y arroyos. Sintió entre sus manos la rasposa textura de la arena, la suavidad de la tierra mojada, la frialdad de las rocas. Oyó el silencio del campo y el barullo urbano. También escuchó los sonidos animados propios de la selva, el ritmo de las aguas cayendo en una cascada, y lanzándose con fuerza en las cataratas. Saboreó todo tipo de alimentos: frutas exóticas, pastas, cacao, cervezas, carnes, vegetales, hasta insectos a la parrilla. Pisó suelos medievales, tierras primitivas, eras tecnológicas, modernas, antiguas. Sus ojos vieron las más grandes obras de arte del mundo. Contrastaron, incluso, la tierra rojiza con el suelo salado y espejado de mares evaporados. Las más exquisitas flores extasiaron su olfato, así como cada lugar que visitó inundó sus sentidos.
Viajó a través del mundo. Corrió, caminó, trepó, saltó, nadó y pedaleó. Hizo el amor por pura necesidad, se emborrachó, gritó, lloró y rió a carcajadas. Soñó y también se desveló. Madrugó y se quedó dormida. Habló sin parar. Calló por horas mirando un punto fijo.
Pero nunca pudo olvidar sus ojos. Y, al final, entendió que nada de todo lo que había vivido valía si no estaba a su lado.
Ningún país transitaba con tanto placer como a su cuerpo.
Ningún sabor era como el de sus labios.
Ningún aroma se comparaba al de su piel.
Ningún sonido era tan perfecto como su voz.
Ninguna obra de arte era tan hermosa como su mirada.