Me vi.

Cuando di el primer paso sobre el asfalto en la ciudad desconocida, supe que ella me seguía. No sólo sentí sus pasos persecutorios, sino que la vi. Me vi. Llevábamos el mismo atuendo, un par de zapatos idénticos y estábamos peinadas igual. Incluso teníamos la misma cara. Imitaba cada una de mis pisadas, cada uno de mis gestos. Sus movimientos eran un espejo. En más de una ocasión frené en medio de la vereda para verificar que fuera tan precisa como prometía. Si intentaba captarla errando, no lo lograría. Era exacta e infalible.
La persecución de mi sombra se volvió algo irritante. Quizá por su insistencia en ganar. Quizá por su seguridad y su aire superior. Caminé una, dos, tres, cinco, diez calles. No me dejó en paz. De a ratos olvidé mi destino. Competir contra ella me hacía perder mi rumbo y mi camino. A veces me distraía del motivo y el fin, por los cuales me dirigía a ese lugar.
De pronto se le antojó irse a otra parte, y eso me alivió, sólo hasta que noté cómo su cambio me arrastraba. Aunque intentara volver a encarrilar mi recorrido, era inevitable que me manipulara. Me desesperé. Por un momento me pregunté si a ella le sucedía algo similar cuando yo conducía nuestro trayecto.
Me invadió la curiosidad de saber a dónde pretendía llevarme. La intriga fue más fuerte que yo, y la perseguí voluntariamente. A medida que avanzábamos, se olía más fuerte su aroma a libertad. Me provocó envidia. Era evidente que mi otro yo podía hacer lo que quisiera, y no le importaría nada más que eso.
Sumergida en mis pensamientos, sólo noté que habíamos llegado cuando frenó delante mío y casi la atropello. Levanté la vista para observar cuál había sido su propósito, y me encontré con un enorme puerto desierto sobre un bellísimo mar azul que destellaba con la luz del sol en pleno atardecer. Sin duda era lo más hermoso que había visto. Un antiguo reloj dorado y elegante marcaba de alguna manera que el próximo embarque sería a las diecinueve en punto. Fantaseé con sentarme en ese banco blanco a mirar el maravilloso paisaje mientras esperaba el momento de subirme a ese barco a abordar el viaje. Quería apostar por esa utopía. Pero volví a la realidad, y recordé que tenía que retomar ese sendero que había abandonado por seguir las huellas libres de mi doble.
Era mi deber. Por mucho que quisiera quedarme allí, tenía que ser responsable. Entonces, di media vuelta y me alejé, desilusionada, esperando a que me igualara. Pero no lo hizo. Se quedó pacientemente sentada a la espera de la embarcación.
Así tiene que ser, pensé. Caminé algunos metros, y mientras la duda me carcomía, mis pasos se volvían cada vez más lentos y dubitativos. Hasta que me detuve. Un miedo profundo me dominó. ¿Me preguntaría toda la vida qué hubiese pasado si emprendía ese viaje?
Sentí que esa aventura merecía ser vivida. El tiempo no se detendría a esperarme, y ese barco partiría sin mí. Entonces, retrocedí hacia el puerto y decidí que correría el riesgo.