Hasta que el finito rosa se agota. ¿Y qué hay después?
Enamorarse. Todos creemos poder definir lo que implica la palabra. Y todos tenemos nuestra propia consideración de la misma. Desde mi punto de vista, el enamoramiento es un suceso que se da posterior a los días rosas. En ellos, habremos encontrado lo que soñamos en un solo recipiente: los besos y caricias, las formas de coincidir o diferir en opiniones, la pasión... Todo aquello que podemos conocer en un estado de ceguera global por la emoción transitoria. Cuando todas estas bases se terminan, llega la verdad. Llega el amor.
El amor. Lo que todos buscamos. Lo que fantaseamos con encontrar. Lamento la decepción, pero el amor no es ese período rosado. No son cosquillas, ni sexo, ni cariño. Sabremos que nos hemos enamorado en el momento en que deseemos compartir nuestro día a día con esa persona. ¿Cuánto debemos apreciarla para desear que presencie la mayor parte de nuestro paso por este mundo? Definitivamente esto es lo más delicioso que nos puede pasar.
Enamorado está aquel que con todas sus fuerzas ambiciona la compañía de ese maravilloso ser humano que decidió por un acuerdo mutuo adicionar a su rutina. Amor es aceptarlo con cada imperfección y cada virtud. Es haber descubierto la clave para sobrellevar lo cotidiano, caminando junto a quien sabe encajar con las propias reacciones y preocupaciones, los obstáculos y las maneras de afrontar, y además, admirarlo como si fuera el diamante más extraordinario de la Tierra por el simple hecho de ser único.
¿Habrá, acaso, algo más acertado que ir de la mano con un par que por su voluntad acepta las dificultades de a dos? Estar incluidos en el plan de otro, y viceversa... Eso es amor.
Y si buscás el color rosa cotidiano, lamento decirte que se acabará en algún momento... Pero, quién sabe, tal vez encuentres a la media naranja que corresponde, y ésta te muestre muchas otras gamas de colores en el paso a paso, en el día a día.