La frialdad de sus manos nada tenía que ver con lo que
estaba a punto de hacer, aunque sí con la pegajosa y húmeda tarde que hacía
afuera.
-Tenemos que hablar.
Ella se sentó preocupada frente a él, cautelosa, pero con
los ojos como platos.
-No te asustes, no es nada malo.
Él se le acercó un poco más, para contarle un secreto que de
todas formas nadie escucharía si estaban solos.
-Nos conocemos hace tiempo. Sabés que soy una persona
difícil de descubrir. Pero hoy me lo propuse yo. Hoy voy a mostrarte algo de mí
que nunca le mostré a nadie.
Afuera el saco. El torso se le relajó.
-De hecho, tiene que ver con eso. Nadie que no sea vos puede
lograr esto, ni muchas otras cosas que salen de mí.
Lentamente la bufanda se alejó de su cuello. Su voz era más
libre y clara.
-Muchas veces me hablaste de lo fuerte que soy, de lo mucho
que te gusta eso de mí, y que en nuestra amistad siempre fue clave eso para
sostenerte en tus peores momentos.
Ella asintió y sonrió. Sus delicadas facciones se definían
hoy más que nunca con la luminosidad del cielo blanco y lluvioso que entraba
por la ventana.
-Bueno… la verdad no es así. Puedo parecer fuerte, pero no
lo soy. En realidad soy muy frágil.
Los pies ahora estaban descalzos. Su energía sobre tierra
firme podía afirmar cualquier debilidad.
-Ya lo sé- dijo ella sonriendo tiernamente. Él le devolvió
la sonrisa y le acarició la mejilla, deslizándose por su hoyuelo, un gesto
clásico en su amistad. ¡Cuántas lágrimas había secado con el mismo movimiento!
-Es más de lo que creés. Podés hacerme lo que sea, y voy a
ser de piedra. Que se metan conmigo, no me va a importar. Pero hay personas en
mi vida a las que quiero intactas, y es ahí donde me vuelvo frágil y
desesperado. No puedo aceptarlo. A veces reacciono mal. Te pido perdón si te
hice pasar malos momentos-. Nadie dijo nada, pero ambos recordaron el moretón
violáceo en su ojo de aquella vez en que la defendió de un loco ex novio.- Vos
estás entre esas personas que son parte de mí, de las que su dolor me duele.
Pantalones ausentes. Mientras más piel descubierta, más
miedo, menos barreras entre los dos.
-No me pidas que entienda por qué dejás que algunas personas
ingratas te lastimen. Tampoco pidas que no reaccione.- Los ojos empezaron a
llenársele de lágrimas con algún triste recuerdo de haberla visto llorar.- Yo
no tolero que alguien te pueda herir. No me alcanzan las palabras para
explicártelo y que sientas lo que yo siento.- Con el llanto ya en juego, agarró
su mano y la apoyó en su pecho.- Nunca me pasó esto con nadie. No necesito más
nada si te tengo. Siempre que me aflijo, quiero seguir solamente por vos. Y por
eso sos mi punto débil…
Ahora con el torso desnudo, sus miradas no se podían
despegar ni un solo segundo. Sus ojos desprovistos de cualquier escudo, eran
puertas abiertas hacia su ser.
Ella permanecía petrificada. También estaba a punto de
llorar.
-Aunque intente, no sé sacarte de ese lugar donde te tengo:
perfecta. No sé reconocer tus defectos, no los puedo llamar así. No hay nada de
vos que no me deje sin palabras.
Se acercó un poco más. Ahora sólo quedaba la ropa interior.
A poca distancia de su oído, susurró la frase con la que al fin quedó
completamente desnudo:
-Te amo.
No había nada más que esconder, y sin embargo no se había
sacado realmente ni una sola prenda.