Crujen bajo mis pies las hojas secas que dejó el otoño caer. Me pregunto por qué la corriente despeinó a los árboles; si fue un acto de violencia, un golpe contra la voluntad desgarrada de los troncos impotentes e indefensos, o una caricia de algodón, una dulzura de miel consentida.
Un cambio. Vino a buscarlos la transformación del tiempo. La vejez les cortó las extremidades, y las arrugas son cosa de humanos. Los desniveles de corteza los llevan desde el vientre de la tierra, de la que maman frescura y vitalidad. Son mis hermanos que oyen mis penas y abrazan mi alegría. Venimos de la misma madre justa.
Te extraño, verde limpio, a mi alrededor. Aunque no te recuerde, me invoco en otro alma milenaria para sentirte mi acompañante otra vez. El gris me sacó de las manos tu eternidad ignorante.
No llores, mamá, que lo justo es justo y el hombre se echará atrás quizás algún día. Desaparecerá de las dimensiones y entonces se rendirá en su destrucción despavorida. No será tarde, te lo juro, para intentar otro hijo del bien que aprenda a compartir y a cuidar. La hojarasca se extinguirá con veinte tormentas y renacerán las gotitas verdes, perfectas para volver a probar.