La muerte

La muerte se presenta como una sombra todos los días. En las noticias, en la filosofía, en el arte, en las injusticias. Es una incógnita imposible de entender que revuelve todas las estructuras de nuestro entender del mundo.
Hablar de muerte es normal. Pensar en ella e intentar imaginarnos en sus manos es una locura. Tiene algo grisáceo que provoca rechazo, y también un misterio que pide despejarse a gritos. Conlleva esa contradicción aún más confusa. Aunque en el fondo todos hemos perdido la batalla para intentar que la idea tenga un sentido. El humano no tiene esa capacidad - y hablo sólo por él porque no sé qué hay en la muerte para otros seres vivos. Esa es otra equis, tal vez para una próxima ocasión.
Sé que para nuestra especie, al menos para la razón de la que somos dueños, la muerte no encaja con nada. La llamamos "lo único que no tiene solución", a veces, porque no nos conforma creer que es un simple suceso. También porque en nuestros espíritus no cabe ese concepto, porque necesitamos de un consuelo, un dulce que nos calle el llanto. Y ahí surge Dios. Otra cosa entre las tantas a las que no queremos ver como segmento, con un principio y un final, que es en realidad lo que hemos visto desde el primer día. ¿Por qué insistimos en la existencia de una eternidad que nadie nos ha probado? ¿De dónde proviene la pretensión de la infinidad si jamás vimos una muestra de ello?
La muerte es tan misteriosa como nuestra ilimitada búsqueda de comienzos y finales, como esa respuesta que nos inventamos y que necesitamos tener de una forma u otra para llenar el casillero vacío.
Hay por qués que simplemente no tienen respuesta.