Mientras la música suave nos envuelve, y nos tapa la luz de la tarde gris que entra por tu enorme ventanal, vos me abrazás semidesnudo debajo de la frazada fina, que en realidad no me abriga ni la mitad de lo que me climatiza tu cuerpo cálido. Me cantás en portugués con una sonrisa, pleno y también lleno. Sé que estás acá y ahora. En ningún otro momento, en ningún otro lugar. Sé que tus apuestas están todas a mi nombre. Sé que hay muchas cosas que no esperabas encontrar conmigo.
Y acá estamos, yendo a kilómetros por hora. Imaginando cosas que está prohibido imaginar si se quiere evitar la desilusión. Me mirás y no me soltás ni por un segundo. Me estás diciendo tantas cosas... En cierto instante intento, pretendo descifrar lo que querés expresar. Aunque después me digo, ¿para qué? Es inútil, si no hay palabras que puedan explicar, que puedan encarnar las cosas que sentís. Entonces, me quedo ahí, encadenada a tus iris en degradé, desde la miel hasta el verde más natural. Y empiezo a caer libre, ni sé dónde voy a aterrizar. Si de un día para el otro te esfumás, sé que por ahora nada cambiaría. Sin embargo no quiero dejarte guardado en el cajón, con una etiqueta que te excluya. Sólo sé que creo en tus pupilas.