Qué hacer cuando el cansancio te vuelve una carga que se remolca por la vida, el peso de paquetes de arena te dobla al medio y encorva. Cuando la cara te roza el suelo y los ojos se te cierran solos; cuando el tiempo se niega a disminuir velocidad y los segundos son imperceptibles, son bruma de fondo, detrás de un agotamiento que no se sabe combatir. Sin energía, sin facilidad para registrar motivaciones, con poco y nada de fuerzas para ver claridad y totalmente divorciada de una misma. Qué hacer cuando el reflejo en la pared sólo da razones para ahogarte en inconsciencia, te olvidás de los para qué y de pronto no ves más el camino. Alguien más tiene que recordarte quién sos, de dónde venís y por qué habías comenzado, tienen que llevarte a escuchar tus propias palabras porque los oídos parecen tener amnesia, las frases escaparse sin permiso y las dudas inundar todo. Si no se secan, ¿cómo pasarás sin mojarte los pies? Pero quizás ellos necesitan mojarse, resbalarse y hacerte caer; quizás hay que dejar a las preguntas desbodar por un rato y aceptar que no podemos contestarles nada por ahora, convivir con ellas y acostumbrarse. La solución parece estar en todo aquello que te ves obligada a postergar y se convierte en un gran círculo vicioso que querés romper y sólo genera más bifurcaciones en el laberinto. Perdida, creativa, más desorientada, más despierta y agotada que nunca, más sola y aislada, menos niña, menos terca, más abierta a la verdad: no podés sola. Pero tranquila, todo va a mejorar.