Quiero echarte la culpa y no puedo. Iría contra mis principios. Fui yo la que se volvió loca. Es que toparme con vos siendo tan vos hizo que perdiera la cordura. Por un lado, el misterio complicado de saber quién eras. La distancia, la diferencia de contextos, las alturas de los escalones de cada uno en la vida. Por otro, las radiaciones de maravilla colándose por los pequeños huecos que me dejaste espiar. Casi veía luz emanar de tu silueta. Entre tanto entusiasmo, me aferré a las características más afables de tu sustancia. En algún momento habíamos acordado sacarle toda legitimidad a las coincidencias, y desde entonces, me encapriché con que el destino nos cruzara un día cualquiera. Creía que así algo más allá de mí iba a concordar con la perspectiva de que éramos tal para cual, y te iba a convencer de que había un motivo por el que teníamos que estar juntos.
Pasé meses caminando por las calles imaginándote como una mosca revoloteando a mi alrededor, observando todo lo que hacía, y por lo cual tenía que estar atenta a todas mis acciones, mi forma de vestir y mis comentarios. No podía defraudarte, o mi única y pobre chance moriría. "Chance", por llamar así a la micro atención que me pusiste alguna vez. Llegué a creerlo de verdad, como quien se inventa mentiras y después olvida que salieron de su propia mente y sin bases reales.
Sin embargo lo sentía imposible, estaba delirando. Nunca te ibas a aparecer desde la nada, ninguna fuerza sobrenatural me haría el favor. Mucho menos me daría la razón, porque mientras más lo deseara, menos lo iba a encontrar; esa es en realidad la ley del destino: siempre se va a negar a traer en bandeja lo que uno desea en plan de regalo,y a su vez da las sorpresas más gratas o ingratas según su conspiración desconocida en la desprevención más rotunda. Conlleva algún aprendizaje que no alcanzaré a entender en vida.
Esa casualidad que no admitíamos por convención me llevó al único encuentro que habíamos tenido fuera del ámbito formal. Con todo el pudor que me cabía en el cuerpo, seguí el impulso de mi propia falta de coherencia. Acudí al lugar y lo miré desde afuera un rato de cuya duración no tengo registro. Otra etapa, otro horario, otra dimensión. Nada tenía que ver esto con las únicas horas superficiales que habíamos compartido tiempo atrás. No sé qué buscaba. Y estando ahí parada, tampoco tenía muy claro qué esperaba. Esa tarde fue insignificante. Sólo me dejó aún más claro cuán obsesionada estaba con tu figura.
Pero, nuevamente no puedo explicar el por qué, volví a hacerlo. El recorrido del colectivo al que subí aquel día implicaba cruzar la puerta del bar y no me pude resistir. Eran las primeras horas de la noche, apenas se había escondido el sol. La juventud y la no tan joven adultez salían a aprovechar los happy hour del sábado a la tarde. Y yo estaba ahí, rondando el lugar.
Entonces te encontré. En un segundo se sucedieron incontables reacciones. El estómago se me dio vuelta de nervios, todo el cuerpo se me tensionó. Se me cruzó la leve contradicción de querer irme rápidamente antes de que me vieras, el rechazo de haber conseguido lo que tanto había imaginado. Pensé siempre que si tenía esta oportunidad, no dudaría en aprovecharla. Callé a la negación de mi cabeza y decidí lanzarme. Ni loca descartaría este azar. Sin embargo noté que había una posibilidad que jamás había contemplado. Estabas sentado en la mesa con alguien. Alguien de carne y hueso, de tu mismo escalón y a quien le concediste la chance. Esa persona sí estaba en tu campo visual. No como yo.
Pero quizás es su amiga.
Beso.
No es su amiga.
Ilusiones rotas y un baldazo de realidad. Podía percibir mi ropa pesada y empapada de frases crudas cargadas de humillación. Pero finalmente mis pies estaban sobre la tierra.
No tenés la culpa en absoluto. Yo, un poco por dejarme llevar, pero no del todo. Así son los amores imaginarios: te elevan y te hacen olvidar que existe el techo, hasta que chocás con él y perdés la levadura. Caés con fuerza al suelo y te golpeás, ganando una nueva cicatriz que te recordará hacia el futuro tu ingenuidad.