Cuando viajo, yo te pienso. Te imagino llegando, destruyendo el terror a nunca entender una historia de amor pura y real. Te proyecto mientras recuerdo cada paso en falso, las veces que creí verte entrar. Probablemente dejé que mi deseo de conocerte borronee a las figuras equivocadas. Pero una a una pasaron y desaparecieron, dejándome más cerca de vos, reforzando tus pisadas que cada vez encuentro con más claridad.
Con frecuencia te pinto en mi mente. Dibujo el humor que te identifica, y esa manera de ser pasional que saca a flote tus defectos y virtudes en su máxima potencia. Sos tan humano y tan adecuado a mis encastres. Tenés ese brillo que envidio en los ojos, para ver la vida como la ves y la sabiduría sagrada.
Te sueño y me emociono al creer que te merezco, que nos merecemos. No me rindo. Por más absurdo que parezca, algo extraño y profundo me promete en el fondo de mi ser que de alguna forma inesperada un día me voy a topar con vos y te vas a meter tan abruptamente que nunca volveré a ser la misma.