Puedes ofenderte porque te he traicionado, o celebrar mi creación; puedes exigir que salde la deuda contigo y eso no importará. Mi decisión seguirá siendo la misma: mataré a la versión de mí que quiso rellenar tus pozos, que jugó el rol de perpetuación.
Hoy moriré entre tus lamentos y tus indicaciones, en este ataúd que predestinó mis días de vida (es decir, las de esta cara que pediste que fuera).
A partir de hoy renaceré en mis ocurrencias de piedra y dejaré entrar lo que crea oportuno para nutrir mi planeta, al que serás bienvenido con los brazos abiertos para volverme a conocer.