Un panadero levitaba en torno a mi balcón. Ralentizaba su mecer como invitándome, cayendo como un regalo flotante servido en bandeja. El primer día lo ignoré. El segundo día me sorprendió. Al tercero lo había naturalizado, pero fue tan oportuno que esa vez sí me detuve a mirarlo. Sabía exactamente qué desear. Abrí la puerta del balcón para salir a buscarlo, y como si leyera mis erráticos pensamientos, huyó.