Me volvió loco la libertad de tu ser. Tu pelo largo y rizado tan alborotado. El sonido de esa risa tan particular me cambió la noche, la semana, la vida. No había conocido ese tipo de milagro hasta que te vi. Y te besé, y divagamos arte hasta que llegó el sol. Me envolviste con tu especie de magia mientras tus dedos bailaban sobre los dientes del piano. Y al igual que ellos, fluías, con la mente extraviada en cualquier propósito que te ofreciera el ahora. No podía hacer otra cosa que mirarte. Más bien admirarte. En parte codicié tu espíritu, pero también me entregué por completo a tu viento. Que me lleve a donde quieras. Que haga de mí lo que se le antoje. No soy como las palabras. Seguiré aquí escuchándote tocar en mis fantasías, y deseando que tu alocada infinidad haga la excepción conmigo para que te quedes a conocerme y compartamos un rato más. Un rato que dure una eternidad.