El borde del andén está repleto de pies ansiosos por volver a sus casas. Algunos se apoyan en las altas paredes de la estación. Otros se adelantan porque quieren un lugar excepcional entre la multitud que poblará el tren en unos minutos. Sólo se oyen los típicos murmullos de fondo.
De pronto, un violín empieza a entonar una samba tristísima, que se mete por los oídos hasta llegar a la sangre para contagiarla. Una guitarra se acopla a su pena, el músico rasca sus cuerdas haciéndolas llorar. Se convierte en la base sobre la que danza el arco del violinista, que con toda libertad dibuja su dolor a gritos armoniosos. Se envuelven y trenzan, y satisfacen sin querer a casi todos alrededor. Muchos se voltean a mirar y ya están revolviendo sus bolsillos para premiar tanto talento. Es que no cualquiera eriza la piel. Alguno cierra los ojos sin importarle quién lo crea un lunático: simplemente siente lo que escucha. Y una mujer, desde el lado opuesto al que reproduce la música, sufre... Apenas comienza la pieza, se indigna y marcha hacia las escaleras para abandonar el lugar. Ya no importa qué esperaba, a dónde iba, ni a qué hora debía llegar. Ahora necesita escapar de ahí. Sus gestos dicen que esto es el colmo. Que si hay algo que puede obligarla a rendirse, es precisamente esto. Es una mujer persistente, fuerte, de carácter y valentía. No se da por vencida ante nada sin intentar el triunfo hasta el cansancio. No existen objetivos imposibles. Excepto por esa canción. Cuando la percibe, sabe que debe correr antes de que la atrape.
Ahí está la maldita depredadora. La alarma suena inmediatamente en las rajaduras de su corazón y sus pies no dudan un segundo: empiezan a huir sin intenciones de frenar por nada. La escalera se transforma en un pasadizo que se reduce y amenaza con estrujarla con una fuerza irrefrenable. Cada escalón es una piedra que construye un camino de salvación sobre una lava que destroza todo a su tacto. Y cada uno de ellos parece derretirse bajo sus zapatos, consumiéndose. Por error la queman, sus extremidades de pronto son absorbidas lentamente, y levantar una pierna y la otra se vuelve más pesado que arrastrar un camión con las manos. Su pecho que se había acelerado a una prisa incalculable, de un segundo al otro cambia su velocidad a una lentitud de terror. Algo en su garganta se va cerrando mientras sus rodillas se vencen y dejan caer sobre el suelo con gran peso, sintonizadas con un llanto que no se puede controlar. La música sigue partiendo todo a su paso. El violín canta cada vez más alto. A la mujer le hierve la sangre y suplica que el piso le transmita su frialdad a las palmas de las manos. Un grito ahogado y desesperado se filtra sin permiso por su boca y ya no es dueña de sí. Otra vez fue devorada por la canción.