Barrilete



Nunca hubo un plan. Sólo un deseo disparatado. Ni siquiera fueron contemplados los resultados. La tinta me pedía que agradeciera por los brotes fantásticos que crecieron en mi almohada. Algunas noches fue tortuoso ver una y otra vez el mismo rostro que insistía con protagonizar mis sueños con falsa modestia. Perdí el control de la situación: mis creaciones se multiplicaron y tuve que atribuirlo a esa misma cara. De pronto, se disparó un impulso en el aire y fui tras él. Fui envolviendo paquetitos de regalo sin retorno por puro placer. Nunca supe a dónde llegaría, pero entendí que jugar al amigo invisible puede ser frustrante.
En algún punto, me transformé en barrilete. El viento me ha insinuado que volara y me entusiasmó la posibilidad. No sé si por el hecho de volar, o por el privilegio de ser elevada por esta brisa tan agradable.
No intenté trucos, y no pude ser más genuina. Siempre sentí que el destinatario tenía ese poder de lectura pasional para comprenderlo. Mis versos podían escalar la medianera que separa mi patio del patio de al lado, y sin querer podrían acumularse hasta ser enredaderas. Tal vez fue intenso en exceso, y se me olvidó que las miradas tienen esa voz chillona y caprichosa que no saben ocultar, entonces, sí, me entregué sin medirme al riesgo de las verdades mudas que emergen por culpa de esa bendita adicción a la sinceridad. ¿Aposté más de lo que tenía en el bolsillo? Es probable. Si los dados quieren, me sortearán más tiempo para flamear.