Primero pensaba “no, todavía no,
no terminé de aprender”, daba vueltas, me buscaba, me perdía, me volvía a
encontrar. Una vez me encontré más que nunca y me abracé fuerte, y ahí dije
“ahora sí puedo dar todo lo mejor” y salí a volar y a buscar a otro que quiera
recibir lo que yo podía dar, nunca me puse a pensar si yo necesitaba algo de
otros. Vi volando un pajarito, pero bajito, bajito. Estaba como triste, como
desinflado, roto. Me dio curiosidad porque yo lo veía brillar aunque estuviera
allá abajo, y dije “Hola, hola, vengo a levantar tu vuelo” y el pajarito me
dijo que me alejara, igual me sonrió, pero después miró el piso y siguió su
bajo vuelo. Y le dije “pajarito, ¿no querés brillar? Yo sé que sí, dale” y lo
elevé, y me siguió. Se esforzaba, y a la vez se caía a cada rato, yo no perdía
la fe. “Este pajarito va a volar alto, alto, solo necesita ayuda” y le acaricié
las alas con las mías, y le batí el aire para elevarlo más, más. En un momento
como que me dejaba sola y yo tenía que volver a bajar a buscarlo. Me dijo “no me levantes
más, yo no quiero volar alto” y yo dije “pero nadie quiere volar bajo” y
prometí insistir. En un momento me puse triste y dije “Bueno, vuelo bajo,
bajito, junto a él, hasta que un pájaro me vea brillar desde arriba y quiera invitarme
a volar con él”, pero claro, era más fácil ver a los pájaros que andaban alto
desde su misma altura. Yo en cambio me fui allá abajo a la espera de que pase esto
que en realidad medio que estaba evitando. Y volé bajito con el pajarito, pero
él se daba cuenta de que yo quería que venga otro pájaro más corajudo a volar
conmigo. Entonces le dio miedo perder la oportunidad de que vuelen con él, y
dijo “bueno, volemos juntos, pero subamos de a poquito” y yo fui tan feliz,
tan, tan feliz, que quería volar super alto, y él no me seguía. A cada rato el
pajarito se iba para abajo y yo sí lo seguía a él. A veces se ponía celoso de
que yo volara alto y me hacía bajar fuerte y de golpe, pero yo seguía, por los
dos, “vamos a volar bien alto”, decía. “Vamos a lograr que vueles alto conmigo”
y el pajarito no quería, y yo no
quería entender. Seguí, seguí
volando, y de a poco empecé a volar bajo de nuevo, con él, los dos abajo. Y yo
“ayudame a subir”, y él “no, yo vuelo bajo, bajito”, y yo dije “bueno, yo asumo
la responsabilidad de haber elegido volar con él”. Pero cada vez me sentía más
enjaulada, y me enojaba. Y sabía que era mi culpa volar bajo, y supe también
que yo no podía elevar a nadie porque cada uno elegía si quería volar alto o
bajo, y yo había elegido a alguien que no quería subir más. Tardé pero entendí.
Lo que pasa es que me había acostumbrado, ni quería perder y admitir que había
fallado, ni quería asumir que había sido tonta al intentarlo, ni me perdonaba
por haber permitido que me hicieran volar tan bajito cuando yo podía hacerlo
tan, tan alto. De a poco y con mucho dolor fui volando más y más alto hasta
alejarme de ese pajarito. Y le dije: “lo siento, te deseo lo mejor; espero que
elijas volar alto” y él me dijo que por favor me quedara, que vuele con él,
pero yo ya no quería, no encontraba a esa pajarita que lo había elegido en un
principio. Y pasé tiempo volando sola, solita, alto, pero no tanto. Había
perdido práctica. De a poco aprendí a volar alto de nuevo y nada ni nadie me volvió
a bajar. Solo ese pajarito nuevo, que volaba a mi altura y super veloz, pudo cambiarme,
pero para pulir aún más el brillo. De repente nos cruzamos y me revoloteó
alrededor, y yo me reí, él se rió, y me dijo “¿Querés volar alto conmigo?”