En la ciudad somos bichos de zoológico. Nuestra rutina gris es automática. Ruido, movimiento constante y líneas rectas. Presos enjaulados que no conocen la libertad natural. Casi siempre olvidamos nuestro instinto animal. Somos robots que estructuran casi todo en la vida y lo vuelven monocromático. En toda ocasión hay algo artificial con lo que podemos interactuar, para solucionar problemas, entretenernos o facilitar tareas.
Sin embargo, la naturaleza tiene algo indescriptible que puede simplificarlo todo. Y como si no proviniéramos de ella, la exploramos y apreciamos cual gema preciosa. A veces ni siquiera la recordamos. Parece novedosa, y es en realidad el origen de nuestro pasado, de nuestra existencia y del ciclo vital. Es irónico que la conozcamos por primera vez cuando nos alejamos de nuestro cuadrado hábitat cotidiano.
Necesitamos dosis de todo esto, bañarnos de lo que nadie ha inventado, lo que es propio del universo, que nos es ofrecido sin ningún precio pero no sabemos aprovechar. Vayamos cada tanto a correr sin meta por un descampado. Respiremos pureza, que lamentablemente el smog es cosa de todos los días y la pulcritud del campo puede limpiar nuestros pulmones. Que nos enceguezca el reflejo del sol en el agua sin químicos, que el panorama tenga un pedazo celeste tan grande que cubra tres cuartos de la imagen. Miremos sin noción del tiempo el cielo estrellado que nos cubre, que exhibe más estrellas, y más brillantes que las que se ven en la ciudad. Medicina para el espíritu que pide salud.
Esta es la verdadera vida. No olvidemos que fue el hombre el que impuso las tantas otras creaciones que vemos día a día, que hay algo más, de lo que nadie es dueño. Que visitar nuestro origen biológico se convierta de un zafari a un regreso a casa.